viernes, 28 de mayo de 2010

VIERON QUE LES DIJE??

Ante todo disculpas por la demora en la publicación del 3º (y último) capítulo de la apasionante blog-novela ¿Por qué odio ir de campamento?. Solucionados algunos inconvenientes técnicos, en breve se viene el apasionante final.
Pero lo que no podía dejar pasar de ninguna manera es esta barbaridad que estamos viviendo.
No me gusta andar diciendo "yo te lo advertí", "yo te lo dije", etc., pero lamentablemente no puedo obviarlo.
Yo avisé con tiempo, yo se los dije y nadie hizo nada al respecto. Ahora pagaremos entre todos las consecuencias.
Primero fue el carniza que amenazó con atendernos en zunga. Ahora el Diego quiere aprovechar la volada y amenaza con ponerse en bolas en el Obelisco. Y claro, escuchó "ponerse en bolas" y ni lerda ni perezosa salió Luli Salazar a plegarse a la movida nudista...
Ahora ya es tarde, esto va a ser una catarata incontenible de exhibicionistas deseosos de prometer mostrar sus carnecitas si ganamos el mundial!!
Digo yo, muchachos: ¿prometer algo útil no vale?
¿Nadie va a prometer algo como: "si ganamos el mundial inauguro un comedor infantil"? ¿O "si ganamos el mundial apadrino una escuelita humilde de chicos necesitados"? ¿O "si ganamos el mundial ayudo a equipar alguna sala de un hospital de zona humilde"? Porque a lo mejor el carniza lo mejor que puede ofrecer es la zunga, pero el Diego o Luli bien podrían subir la apuesta y hacerla algo más productiva, no?

martes, 11 de mayo de 2010

¿POR QUÉ ODIO IR DE CAMPAMENTO? 2º parte (Pompeya y más allá la inundación)

Recapitulemos un poco, a ver por dónde nos habíamos quedado.
Después de mucho tiempo y esfuerzo, había conseguido armar la carpita en un lugar precioso del camping y justo a tiempo para guarecernos de la lluvia que, tímidamente, había comenzado a caer.
Mientras terminaba de clavar la última estaca con la piedra salvadora, habían comenzado a caer algunas gotas, así que en cuanto estuvo bien clavada en la tierra nos tiramos de cabeza adentro de la carpa. Dudamos durante unos segundos sobre la conveniencia de cavar el famoso foso o zanja alrededor de la carpa para evitar posibles inundaciones, pero considerando que: a) no teníamos una herramienta adecuada (martillo llevamos, pero palita no); b) la tierra seguía dura y reseca, y pintaba como para seguir así durante un buen rato; y c) en esos segundos de meditación las pocas gotas se habían convertido en una respetable señora lluvia y nos ibamos a mojar hasta el trasero, decidimos que la famosa zanja que tanto nos habían recomendado estaba sobrevaluada y era innecesaria.
Así es que, siendo alrededor de las 5 de la tarde, lloviendo a lo pavote y encerrados obligatoriamente adentro de la carpita, decidimos hacer lo mejor que podíamos hacer dadas las circunstancias... comer algo. Sacamos las provisiones e improvisamos una merienda. En unos 15 minutos (el tiempo vuela cuando uno se divierte) liquidamos todas las galletitas de agua y el paté, únicos alimentos que habíamos llevado que no requerían cocción previa.
Ahí empezamos a mirarnos, onda ¿¿y ahora qué hacemos?? Sí, señoras y señores!! El tan esperado momento del sexo desenfrenado había llegado!! Comenzamos a acercarnos como para arrancar con la previa, cuando de repente... apoyo mi mano en el piso de la carpa, y por algún extraño motivo tuve la sensación de estar en un colchón de agua. En otras circunstancias un colchón de agua justo en ese momento hubiera sido genial, pero considerando que se trataba del piso de la carpa que era nuestro único refugio... no sé, no pareció tan bueno. El tan esperado momento del sexo desenfrenado había pasado, y había llegado el momento de preocuparnos por la impermeabilidad de la carpa y por nuestra integridad física. Descubrimos, no sin cierto desagrado, que por las 4 esquinas de la carpa entraba el agua. Por si perdieron la noción del tiempo transcurrido, debo decir que habría pasado aproximadamente una hora en total desde que entramos en la carpa, o sea que quedaba mucho por delante.
Nos asomamos por la entrada de la carpa, y nos dimos cuenta de cuál era el problema. Ese lugar encantador que tan bien habíamos elegido resultó ser como una especie de pozo, el lugar donde toda el agua se juntaba, y nuestra carpa se encontraba en ese momento justo en el medio de una especie de lago artificial de interesantes proporciones. Ahí comprendí por qué había sido tan afortunada al encontrarlo libre, por qué los demás le habían escapado como a la peste bubónica y se habían guarecido en lugares mucho menos hermosos pero mucho más seguros. Los muy turros sabían lo que hacían, y parece que en los campamentos eso hace una gran diferencia.
Bueno, qué decirles. Pasamos varias horas usando todas las servilletas de papel que habíamos llevado secando el agua que se colaba por las esquinas de la carpa, rogando que la cosa no se descontrolara porque si no ibamos a terminar durmiendo bajo el agua con el consiguiente riesgo de ahogarnos durante el sueño. Los ánimos decaían, la mala onda aumentaba y el sexo brillaba por su ausencia.
Por suerte de a poquito la tormenta fue amainando. La lluvia seguía cayendo persistente pero ya no furiosa, y gracias al hecho de que la tierra estaba reseca el lago fue decreciendo hasta convertirse en un gran charco de barro, con lo que el agua dejó de filtrarse adentro de la carpa. Claro que se filtraba un poco de barro acuoso, pero por su consistencia ya no era lo mismo. A esa altura ya nos conformábamos con poco, creo que si hubiéramos tenido una botella de champán a mano hasta terminábamos brindando y todo.
Pero no se pongan muy contentos, lejos está la aventura de terminar. Porque en ese preciso momento, ya más relajada después de la tensión de la inundación y el peligro de perecer ahogados... me vinieron las ganas de ir al baño!!!

miércoles, 5 de mayo de 2010

¿POR QUÉ ODIO IR DE CAMPAMENTO? 1º parte (armando la carpita, y no de las divertidas)

Hoy les voy a contar una historia a pedido del público. Como podrán imaginarse por el título, les voy a contar por qué motivo puedo asegurar plenamente que los campamentos no son lo mío, de hecho tuve una sola experiencia y fue tan traumática que puedo decir de corazón que yo odio ir de campamento. Como la historia es un poco larga y después me critican, la voy a dividir en tantas partes como mi raciocinio lo indique.
Todo comenzó un verano de mis 20 años ( no es necesario ahondar en las fechas, dejémoslo así). Quería irme de vacaciones con mi novio, quería compartir unos días en un simulacro de convivencia, quería sexo desenfrenado y no tenía ni muchos días de vacaciones ni un mango partido al medio. La cosa no pintaba bien, hasta que se me ocurrió una idea brillante: pedirle prestada su vieja carpa a mi hermano y partir con mi media toronja hacia algún camping de los alrededores.
- ¡Problema resuelto! pensé, muy ilusa. No tenía ni idea.
Mi novio, muy honesto él, me advirtió enérgicamente sobre su casi nula experiencia en la materia. Yo en mi vida había hecho cosa semejante. Pero usando todas mis armas de persuasión (la promesa del sexo desenfrenado) lo convencí de que no podía ser tan difícil. Mi hermano, por una vez en la vida, no se negó a prestarme algo suyo y después de la experiencia sospeché que el guacho tenía clarísimo lo que iba a pasar, y que se cagó de risa de mí durante los 4 días que duró la tortura... digo, el campamento. Muy servicial, me enseñó en el jardín de casa a armar la carpa, poniendo particular énfasis en el hecho de no olvidar el martillo (dijo que clavar las estacas con una piedra era muy complicado), de clavar bien las estacas para que no se volara la carpa y de elegir bien el lugar donde se instalaba la misma. Con estas indicaciones y una inocencia que rayaba en la pelotudez, partimos hacia la aventura.
¿Vieron las carpas iglú que se usan ahora, que son super livianas y prácticas? Bueno, la carpa que llevamos era como la tataratatarabuela de las carpas iglú. Pesaba unas 400 toneladas y entraban dos personas con buena voluntad y si no le metías muchas cosas más adentro. Pero no nos amilanamos y cargamos el susodicho mamotreto en un colectivo 51 (que muchos recordarán como "el Cañuelas") que dejaba bastante que desear, y emprendimos el viaje hacia General Belgrano.
El colectivo nos dejó en medio de la nada, literalmente. Más perdidos que turco en la neblina empezamos a caminar en la dirección que nos indicaba nuestro instinto. Se ve que no teníamos instinto de supervivencia, porque nos fuimos a la mismísima mierda. En la dirección opuesta a la correcta, claro está. Sacados de nuestro error por algunos lugareños que nos observaban extrañados, desandamos camino cargando nuestros bártulos y después de unas cuantas vueltas llegamos al camping.
Siguiendo los sabios consejos recibidos de los expertos, elegí un lugar precioso: la tierra estaba parejita y sin pasto (para que no se nos clavaran los yuyos en la espalda), rodeado de árboles, con un enchufe cerca para escuchar musiquita en el grabador, y a una distancia más que prudencial de las otras carpas de los alrededores (recuerden que el objetivo principal era el sexo desenfrenado, así que cuanto más solos mejor). Agradeciendo mi buena suerte y la pelotudez de los demás que no habían sabido aprovechar ese lugarcito paradisíaco, empecé a armar la carpita. Notarán quizás con extrañeza que hablo mucho en primera persona... es que la segunda persona en la historia colaboró tanto como los árboles que nos rodeaban (y los árboles por lo menos no jodían con estupideces).
Preparé todo y fui a buscar el tan recomendado martillo para clavar bien las estacas. No, no me lo olvidé en casa si es lo que están pensando. Tenía el martillo, y era feliz por tenerlo. Sostuve la primer estaca, le di un martillazo... y ahí descubrí que la tierra estaba reseca porque hacía como 10 años que no llovía. La estaca penetró en la tierra como unos 3 mm., y ahí me empecé a preocupar. De paso les comento que durante nuestras idas y vueltas buscando el camping se había empezado a nublar, y para cuando empecé a armar la carpa el cielo amenazaba con abrirse al medio y desatar la tormenta del siglo. O sea, mejor apurarse. Con unos cuantos martillazos más la estaca empezó a clavarse en la tierra, pero entonces... alzo el brazo para asestar otro martillazo, y de repente sentí que el martillo estaba liviano, muy liviano. Quizás se debiera al hecho de que la parte pesada del martillo se había desprendido y volado a varios metros de distancia, quedando en mi mano el mango solito y abandonado. Maldición!! Adiós martillo y buena suerte. A clavar las ¿6? ¿8? estacas... con una piedra (mi hermano tenía razón, era muchísimo más difícil con una piedra). Pero yo seguía positiva, un pequeño inconveniente no me iba a tirar abajo. A la larga, después de mucho tiempo y esfuerzo compartido, las estacas quedaron clavadas en la tierra reseca y pudimos entrar en la carpita justo justo cuando se largaba a llover. El segundo diluvio universal había comenzado.