Recapitulemos un poco, a ver por dónde nos habíamos quedado.
Después de mucho tiempo y esfuerzo, había conseguido armar la carpita en un lugar precioso del camping y justo a tiempo para guarecernos de la lluvia que, tímidamente, había comenzado a caer.
Mientras terminaba de clavar la última estaca con la piedra salvadora, habían comenzado a caer algunas gotas, así que en cuanto estuvo bien clavada en la tierra nos tiramos de cabeza adentro de la carpa. Dudamos durante unos segundos sobre la conveniencia de cavar el famoso foso o zanja alrededor de la carpa para evitar posibles inundaciones, pero considerando que: a) no teníamos una herramienta adecuada (martillo llevamos, pero palita no); b) la tierra seguía dura y reseca, y pintaba como para seguir así durante un buen rato; y c) en esos segundos de meditación las pocas gotas se habían convertido en una respetable señora lluvia y nos ibamos a mojar hasta el trasero, decidimos que la famosa zanja que tanto nos habían recomendado estaba sobrevaluada y era innecesaria.
Así es que, siendo alrededor de las 5 de la tarde, lloviendo a lo pavote y encerrados obligatoriamente adentro de la carpita, decidimos hacer lo mejor que podíamos hacer dadas las circunstancias... comer algo. Sacamos las provisiones e improvisamos una merienda. En unos 15 minutos (el tiempo vuela cuando uno se divierte) liquidamos todas las galletitas de agua y el paté, únicos alimentos que habíamos llevado que no requerían cocción previa.
Ahí empezamos a mirarnos, onda ¿¿y ahora qué hacemos?? Sí, señoras y señores!! El tan esperado momento del sexo desenfrenado había llegado!! Comenzamos a acercarnos como para arrancar con la previa, cuando de repente... apoyo mi mano en el piso de la carpa, y por algún extraño motivo tuve la sensación de estar en un colchón de agua. En otras circunstancias un colchón de agua justo en ese momento hubiera sido genial, pero considerando que se trataba del piso de la carpa que era nuestro único refugio... no sé, no pareció tan bueno. El tan esperado momento del sexo desenfrenado había pasado, y había llegado el momento de preocuparnos por la impermeabilidad de la carpa y por nuestra integridad física. Descubrimos, no sin cierto desagrado, que por las 4 esquinas de la carpa entraba el agua. Por si perdieron la noción del tiempo transcurrido, debo decir que habría pasado aproximadamente una hora en total desde que entramos en la carpa, o sea que quedaba mucho por delante.
Nos asomamos por la entrada de la carpa, y nos dimos cuenta de cuál era el problema. Ese lugar encantador que tan bien habíamos elegido resultó ser como una especie de pozo, el lugar donde toda el agua se juntaba, y nuestra carpa se encontraba en ese momento justo en el medio de una especie de lago artificial de interesantes proporciones. Ahí comprendí por qué había sido tan afortunada al encontrarlo libre, por qué los demás le habían escapado como a la peste bubónica y se habían guarecido en lugares mucho menos hermosos pero mucho más seguros. Los muy turros sabían lo que hacían, y parece que en los campamentos eso hace una gran diferencia.
Bueno, qué decirles. Pasamos varias horas usando todas las servilletas de papel que habíamos llevado secando el agua que se colaba por las esquinas de la carpa, rogando que la cosa no se descontrolara porque si no ibamos a terminar durmiendo bajo el agua con el consiguiente riesgo de ahogarnos durante el sueño. Los ánimos decaían, la mala onda aumentaba y el sexo brillaba por su ausencia.
Por suerte de a poquito la tormenta fue amainando. La lluvia seguía cayendo persistente pero ya no furiosa, y gracias al hecho de que la tierra estaba reseca el lago fue decreciendo hasta convertirse en un gran charco de barro, con lo que el agua dejó de filtrarse adentro de la carpa. Claro que se filtraba un poco de barro acuoso, pero por su consistencia ya no era lo mismo. A esa altura ya nos conformábamos con poco, creo que si hubiéramos tenido una botella de champán a mano hasta terminábamos brindando y todo.
Pero no se pongan muy contentos, lejos está la aventura de terminar. Porque en ese preciso momento, ya más relajada después de la tensión de la inundación y el peligro de perecer ahogados... me vinieron las ganas de ir al baño!!!
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ResponderEliminarFilosofía, letras y otros males menores.
Disculpe, Valentín, pero por lo menos comente algo antes de llenarnos de spam. Ya lo ví en mi blog haciendo lo mismo y no le dije nada, pero su técnica es contraproducente, le aviso...
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